Jorge Navarro: “El tiempo pasa, pero la pasión sigue intacta”
- 3 nov 2021
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El reconocido pianista de jazz se define como un artista “de potrero” porque su formación tiene mucho de autodidacta, aunque reconoce que si volviera a nacer estudiaría música.
Por: Delfina Muscari.

Jorge Navarro vivó varios años en el exterior junto a su mujer, Susana y su hijo.
Imagen por: Martín Bonetto.
Navarro fue el adolescente inquieto que talló, junto a otros, como Gato Barbieri, la escena del jazz local de los cincuenta y los sesenta. Fue el pianista que un día acompañó a Ella Fitzgerald. Integró grupos como Swing Timers, The Sound & Company y La Banda Elástica. Además, creó un memorable dúo junto a Baby López Furst. Para muchos, fue una revelación del piano dentro del mundo del jazz.
El músico asegura que una parte de su corazón pertenece a Gualeguaychú, ya que allí pasó muchos veranos junto a su familia, a pesar de que es oriundo de Buenos Aires. Su madre era profesora de piano pero en su casa no había instrumento; su padre, era comerciante y quería que Jorge hubiese estudiado una carrera universitaria como su hermano ocho años mayor, quién a los 22 años se recibió de abogado. Tuvo una adolescencia muy traumática, porque su pasión trajo muchos problemas en su casa hasta que comenzaron a aparecer comentarios sobre él en los diarios y se dieron cuenta que no era una pérdida de tiempo, ni un capricho. Era su trabajo y su forma de vivir.
A sus 18 años fue elegido como Mejor Pianista de Jazz por el Bop Club Argentino. Navarro no se considera un músico de época, sino que un músico de jazz clásico. Mainstream. Es de la corriente que no es tradicional dixieland ni avant-grade. De hecho, toca standards. Es un artista que recorrió un largo espinel estilístico dentro del jazz, intérprete de swing, de bebop y hasta fusión y siempre conservó su toque personal, ágil, intenso y hasta con toques de un fino humor.
Actualmente, con la pandemia, su rutina le resulta aburrida porque no puede realizar todas las funciones que le gustaría. Igualmente, trata de tocar el piano todos los días porque es lo que más disfruta, así como compartir tiempo con su familia, especialmente con sus nietos.
¿Cómo comenzó tu amor por el jazz?
Desde que tengo recuerdo en casa se escuchaba música clásica, y aprendí a tocar el piano antes de escribir. A los 6 años empecé a estudiar piano con una profesora del barrio en San Telmo, en el mismo edificio donde vivía. Tomé clases hasta los 13 años, pero era bastante vago para estudiar. Y cuando escuché el primer disco de jazz de la orquesta de Bob Crosby, que tenían una banda de dixieland extraordinaria, me voló la cabeza y se acabó lo clásico. Estaré eternamente agradecido con mi hermano mayor, porque cuando vio mi interés por el jazz se apareció con los discos de pasta: Benny Goodman, Louis Armstrong, Duke Ellington y Buddy DeFranco.
Entraste a la industria musical desde muy joven, ¿cómo viviste esa experiencia?
Siempre con mucho entusiasmo, desde que era chiquito soñaba con ser pianista de jazz. Es lo único que me llega hasta el alma y me hace sentir en paz. Por momentos fue difícil, al principio significó muchas guerras en casa hasta que comprendieron que iba en serio. También tuve varios problemas con el alcohol, a pesar de que la mayoría de los artistas con los que me rodeaba eran sanos. Después conocí a mi mujer, la madre de mi hijo, que me apoyó desde el primer momento con mi pasión y me ayudó a dejar los malos hábitos.
“Agradezco al destino por haberme cruzado con el jazz y con Susana, los dos amores de mi vida”.
Álbum completo de Jorge Navarro y Amigos.
¿Cuáles fueron tus primeros pasos?
Había empezado a tocar con los Swing Timers a los 17 años, tratando de tocar como Teddy Wilson, nada menos. Aprendí tocando con amigos como el Gato Barbieri, que tenía la paciencia de explicarme cómo eran los acordes.
¿Por qué tenés el apodo “Pampero”?
Ese apodo se lo debo al “Gordo” Porcel, que venía seguido a escucharnos y se había hecho muy amigo. Él decía que cuando me enojaba bufaba y me salía humo por la nariz como Pamperito, el caballo de Patoruzito.
¿Cómo describirías tu personalidad?
Soy un artista “de potrero” porque mi formación tiene mucho de autodidacta, aunque si volviera a nacer estudiaría música en algún conservatorio y no sería tan vago para los estudios. Me echaron del Comercial porque me hacía la rata para ir a tocar al piano. Era tremendo (se ríe).También soy muy autoexigente, por eso no suelo escuchar mis propias grabaciones, siempre encuentro algo para mejorar. Por suerte no soy ningún virtuoso, nunca tuve ligereza. Por la edad que tengo, no perdí técnica porque nunca la tuve, no es algo que pueda extrañar. Mi técnica es casera.
“A mis 81 años, la música me mantiene vivo”.
¿Qué es lo que más te gusta del jazz?
El atractivo es que cada uno lo toca a su manera. Podemos tocar el mismo standard cinco pianistas y vas a escuchar cinco versiones completamente diferentes, pero la misma melodía y prácticamente la misma armonía, pero cada uno la interpreta a su manera. Lo que pasa con los standards es que es una música muy bella porque, en realidad, la mayoría de los temas no fueron escritos para jazz sino para comedias musicales o como música de películas, y los músicos de jazz se los afanaron para tocar.
¿Quién es tu artista preferido?
Definitivamente Louis Armstrong, que para nosotros es como un Dios. Él inventó la manera de tocar. Hasta ese momento, la música parecía de dibujos animados y gracias a él, con ese fraseo, con su forma de cantar y de tocar, empezó el jazz tal como lo conocemos.
¿Cómo fue tu experiencia con Ella Fitzgerald?
Fue emocionante. Ella había venido a cantar al Teatro Opera, pero yo no sabía que iba a ir a ese boliche. Estaba lleno de gente y me hicieron tocar porque no había pianista. Estaban tocando Jim Hall en guitarra, nada menos, con Pichi Mazzei en batería y Jorge López Ruiz en contrabajo. Me sentaron de prepo, en uno de esos pianos bajitos. Me puse a tocar y en un momento escucho que alguien se pone a cantar, levanto la vista -porque a veces toco con los ojos cerrados- y estaba ella apoyada en el piano, con una copa de champagne en la mano y mirándome, haciendo scat.Y cantó como media hora con nosotros. Esa misma noche fuimos a comer con ella y con Norman Granz, el famoso productor. Su secretaria me tomó los datos porque nos querían llevar a Estados Unidos a Sergio Mihanovich y a mí. No fui porque me asusté. Tenía 20 años.
“En mi larga vida de músico tuve la gran suerte de poder elegir, y sobre todo pude mantenerme fiel a cada elección que hice”, Jorge Navarro.
¿Cómo fue la experiencia del show por streaming junto a Arturo Puertas?
La verdad, no lo disfruté nada. En el jazz es un constante ida y vuelta con el público. Tocar en un salón para una cámara fue una experiencia muy fría. No creo repetirlo.
¿Cuál fue tu último proyecto?
Mi último trabajo como pianista es una de las columnas sobre las que se apoya la historia del jazz en Argentina, se llama Jorge Navarro y Amigos. Fue grabado en vivo en una serie de conciertos en el auditorio de la Usina del Arte, donde presenté con un trío compuesto por mi, Arturo Puertas en contrabajo y Fernando Martínez en batería.




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